
Julio Cleto Cobos y Forrest Gump
Casi siempre fui desmemoriado para recordar los nombres de los vicepresidentes. Una vez pasadas las elecciones sus nombres se iban gasificando y solo quedaban como parte formal de una fórmula reglamentaria. Por eso, que el actual vicepresidente argentino sea el más poderoso opositor al Gobierno- gobierno que paradójicamente ejerce a duo- y que sea contrario a su superior, la presidenta, es la consagración del absurdo. No el del teatro de Beckett o Ionesco sino el absurdo de una kermese al revés donde en vez de juegos de sortijas haya ardides palaciegos. ¿Por qué Cobos ocurre en la Argentina y no en otra parte, en alguna de esas geografías que suponemos extravagantes y bizarras? No lo sé. Tampoco se sabe por qué Forrest Gump, en la película, un día larga las muletas y transgrede su historia de vecino aldeano. No todo se sabe. No es fácil saber que el vicepresidente de Tabaré Vazquez en Uruguay se llama Nin Novoa; que el vicepresidente de Bachelet en Chile se llama Perez Yoma y que el vicepresidente de Lula, en Brasil se llama Alencar Gomes da Silva. Menos fácil es acordarse de que el vicepresidente de Lugo en Paraguay es Franco Gómez y que la vicepresidenta de Zapatero en España es Maria Teresa de la Vega. Y a pesar de que se trata del país más poderoso y donde las elecciones están aún frescas, no es tan fácil acordarse de que el vicepresidente de Obama en los Estados Unidos es Joe Biden. Sin embargo Julio Cleto Cobos es la excepción de un vicepresidente: a pesar de su propia ambigüedad expresiva y de su ubicación política inestable ha logrado coincidir con una buena parte de la sociedad argentina por compartir aquellas características. Cobos, contrariamente a quienes opinan sobre él duramente, es un caso ejemplar y transparente de traición y conspiración a la vista de todos. Sin secreteos, sótanos ni conciliábulos. Sino en difundidas reuniones en los despachos del poder, en salones iluminados y con público adicto, e incluso con cámaras y micrófonos y conferencias de prensa. Amparado en su papel de vicepresidente, que lo preserva del riesgo de la persecución y la ilicitud que corren los rebeldes furtivos o los revolucionarios ideológicos, él legitima la traición y la conspiración sabiéndose a salvo. Y tan seguro, que cuando se lo ve correr maratones parece Forrest Gump ( Tom Hanks) ese personaje ahistórico que se descubre libre mientras corre y corre, y recuerda que su madre decía “que la vida es una caja de bombones”. Contenido en sus claras limitaciones, un día Forrest Gump encuentra los bombones y saborea el éxito como una inesperada lotería. A nuestro vicepresidente ya se le hace dulce la boca. Sigue indemne donde cualquier otro hubiera sido consumido. Porque él desdice la tradición de la traición que da vergüenza, en l

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