Él lo sentenció: "Muchos de los blogueros que se ocuparán de insultar este artículo lo
harán por la rabia que les produce un desenmascaramiento y el temor de
perder sus mal habidos ingresos.", y tenía razón.
Pero no lo vamos a insultar, porque sería responder con su propia mediocridad. Lo que si, vamos a reflexionar un poco sobre los adjetivos con que ilustra su nota de La Nación del martes pasado, "el veneno de la épica kirchnerista" (yo les pongo el link pero no me hago cargo de su lectura), ya que no escatima en prodigar su odio visceral por todo lo que sea popular, algo que él desconoce por completo, ya que no figura en sus atributos personales nada que lo vincule con cuestiones mundanas.
Él habla de odio y su nota no es otra osa que una oda al odio, a su propio odio y los de su clase. Se empecina en ver el barro donde "florecen 1000 flores". La discusión política, se convierte en boca del escriba, en confrontación, y las familias se desgarran más frecuentemente de lo que supone por la tirria que destilan él y los de su calaña.
Con solo ver su cara de oler mierda constantemente, que podría ser la misma que la de Beatriz Sarlo, o Tomás Abrahan, ofende nuestra inteligencia al hablar de odio como cosa exógena a su propio ser.
Repite la receta grondonesca de las tropas hitlerianas, del adoctrinamiento, de las huestes de salvajes que esperan a la vuelta de cada esquina para saltarle al cuello al opositor. Le recuerdo que el último recuerdo que se tiene de cosas por el estilo, corresponden a los años en que más feliz fue, en los de la última dictadura cívico militar de la que formaba parte como ideólogo sin carnet, como si lo era su amigo Grondona.
