Las líneas que siguen son producto de la indignación que genera un artículo de Perfil (uno más y van...) -replicado por El Mundo de España- el cual, continuando en la saga de destruir símbolos, enlodar todo y cubrir con un manto de sospecha cada una de las cosas que hoy son motivo de orgullo como argentino (primero las Madres, después los Jueces de la Corte), ahora le tocó a la ciencia en tiempos de Cristina.
Hace unos años, no tantos, Argentina poseía un triste récord mundial. Era el país que proporcionalmente con su población poseía la mayor cantidad de científicos en el exterior. 3/4 parte de esa comunidad no residía en Argentina hace poco más de 10 años. ¿Cómo se llegó a eso?
Muchos recuerdan a un verborrágico Ministro mandar a lavar los platos a una investigadora. Pero eso era sólo la punta de un iceberg. Lo que subyacía debajo de la frase era tanto o más tremendo aun, porque era una política de estado. La Secretaría de Ciencia llegó a rechazar pedidos de retorno al país de investigadores de alto nivel radicados en los Estados Unidos. Un comunicado oficial expresaba por entonces que era producto de un "nacionalismo anacrónico" repatriar investigadores en plena globalización. La ciencia no tiene patria, se decía. Ese latiguillo se acomodaba las indisimuladas relaciones carnales y a la convicción de que los países desarrollados están destinados a producir ciencia, y nosotros sólo a consumirla. Como vemos las decisiones sobre la ciencia encierran ideas centrales con relación al rol de una nación. Podemos decir que ahí está el modelo de país, aunque los Lanata digan que es chamuyo.
Durante mucho tiempo en Argentina primó la certeza instalada desde los formadores de opinión y quienes tuvieron a su cargo la ciencia en el país la condujeron bajo dos preconceptos: 1) la ciencia es seria si la producen países desarrollados, 2) la ciencia en un país como el nuestro es subversiva.
César Milstein fue expulsado del país en 1962 y un Ministro le explicó que era lo mejor que se vaya. "Después de todo los intelectuales y científicos son todos comunistas y judíos". César Milstein obtuvo el premio Nobel en 1984 y por propia voluntad retornaba periódicamente al país para alentar la formación de equipos de investigación. En 1990 sus viajes se interrumpieron cuando la Secretaría de Ciencia y técnica lo proscribió por comunista y judío. Esa era la ciencia de un país integrado al primer mundo. El PBI dedicado a investigación era equivalente al de países africanos.
¿Ahora qué tiene de subversivo la ciencia? Produce ideas, pensamiento, independencia de criterios que tarde o temprano redundan en tecnología, producción industrial, exportación de bienes de altamente calificados. Vale decir, redunda en autonomía, verdad, independencia económica, bienestar general.
La ciencia no tiene patria nos decían los que nos quisieron acostumbrar a vivir importando todo, especialmente aquello que nuestros científicos estaban capacitados para producir.
César Milstein descubrió los anticuerpos monoclonales que constituyen el más eficaz medio para combatir el cáncer. 15 Laboratorios producen la droga que genera en ellos ganancias por varios miles de millones de dólares al año. Este año Argentina empezó a trabajar en la producción de anticuerpos monoclonales y dejará de tener que pagar a uno de esos 15 laboratorios para obtener la droga.
Hemos naturalizado una valoración de la ciencia como la que llevó a los países más desarrollado del planeta a ser eso, países desarrollados. Y está bien que así sea. Pero cada tanto aparece un baño de realidad que nos hace ver que todo esto es tan reciente en nuestra historia como país que debemos tener siempre la perspectiva histórica para saber que este modelo (sí, modelo, mal que le pese a Lanata) tiene su contramodelo acechando a la vuelta de la esquina.
El Ministerio de Ciencia y Tecnología (creación de Cristina) repatrió 835 científicos. Pero muchos más volvimos antes de ese plan cuando ya desde 2004 la cosa empezó a cambiar y apostamos por ese cambio que tenía novedades que superaban las expectativas más optimistas.
Esto que está pasando hoy con la ciencia argentina, tan bien simbolizado con el spot de campaña de Cristina en la figura de Cecilia, no podía ser obviado por los nostálgicos del contramodelo de país. El que consumía todo lo que venía del primer mundo sin degustar: camisas, pollos, créditos del Banco Mundial, ciencia. Ese modelo de país reforzó drásticamente grupos económicos dedicados entre otras cosas a publicar diarios. Y aparecieron revistas como Perfil dedicadas a tributar a quienes habían brindado tantos beneficios al "periodismo independiente" instaurando un estado de cosas que por ejemplo popularizó la certeza de que el único destino de un científico argentino era Ezeiza.
Pues bien, para Perfil Cecilia Mendive mintió en su spot, no era una científica exiliada económicamente. Cecilia se fue a pasear a Europa. Como seguramente para Perfil lo deben haber hecho los otros científicos repatriados.
Hace algunos años otros medios, aunque bajo la dirección de la misma pluma que hoy conduce Perfil, se encargaban de decirnos que en Argentina no había desaparecidos. Que en realidad se habían ido de viaje a Euorpa.
¿Creerá Fontevecchia, en su atormentada forma de interpretar la realidad que Cecilia fue a Europa invitada por algún desaparecido?
Este artículo está escrito por Gustavo (investigador del CONICET)
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La batalla cultural y los monopolios mediáticos e intelectuales
Hace un tiempo comentaba a un amigo que lo último que dijo Alfonsín (me refiero al padre, no el mamarracho que hoy mendiga los votos de Macri) fue “perdimos la batalla cultural”. Mi amigo me respondió. “¿Qué batalla si nunca planteó pelea en serio con nadie?”. Tan cierta como esta respuesta era el hecho de que el alfonsinismo afianzó un status quo de la cultura, encargado en evitar dar esa batalla.
Durante la primavera alfonsinista floreció la intelectualidad “progre”. El Club de Cultura Socialista, liderado por Beatriz Sarlo fue destinatario de ingentes recursos (que por otra parte faltaban en demasía en la Universidad pública, CONICET, etc.). Podían publicar su revista, hacer films, dar entrevistas, aparecer en todos los ámbitos académicos como "los" intelectuales de la democracia. La primavera alfonsinista también prohijó a Sábato, autor de un Prólogo para el libro Nunca más, en el que se instaló la “teoría de los dos demonios”, utilizada siempre como alegato para liberar genocidas. También “floreció” Aguinis, Secretario de Cultura, cargo que ocupó en un breve lapso tras el cual pasó a cobrar una jubilación de privilegio a pesar de continuar publicando libros como máquina de hacer chorizo. Y en todos lados estaba Luis Alberto Romero, algunos dirán por portación de apellido -su padre fue un gran historiador-, pero antes que nada dejaba a donde iba su credencial antiperonista.
El menemismo no modificó sustancialmente este escenario de intelectuales “protegidos” por el poder. En todo caso se sumaron periodistas que con mucha comodidad se adecuaron a ocupar un lugar en el que no molestaban. Por ejemplo, Verbitsky no pudo seguir estando en el programa de Lanata a pedido del dueño de Canal 2 que era Manzano. Ahí estaba el límite entre lo tolerable y lo intolerable –que también servía de válvula de escape- para el prostibulario menemato.
Las grandes contribuciones de nuestros intelectuales “protegidos” por el poder quedaron a la vista en la producción cultural de la Argentina de los ´80 y los ´90. Mientras ellos ocupaban todos los espacios y eran poseedores de buena parte de los magros recursos que destinaba el Estado en cultura, entre la mitad y ¾ partes de investigadores argentinos tenían que vivir en el exterior.
Luis Alberto Romero, explicó la crisis de 2001, como la consecuencia del mal endémico de la Argentina: el poder sindical. Y agregó que cada vez que el pueblo ocupó la Plaza de Mayo ocurrió una tragedia en nuestra historia. Su pronóstico para lo que se venía después del fin del gobierno de De la Rua era el peor. Una especie de precursor de pronosticadores de catástrofes que pasaron a abundar en la política argentina.
Lo que Romero no pudo predecir, ni ninguno de los intelectuales “protegidos” por el poder en Argentina, es que en 2003 comenzaría a darse esa “batalla cultural” tantas veces declamada. Allí comenzó a patearse el tablero y lo que vino fue para aquellos el “infierno tan temido”. Romero pasó a tener en 2004 una Cátedra paralela, al tiempo que Sarlo y sus amigos “progre” llenaban con solicitadas los diarios pidiendo la exclusividad de Romero. La defensa corporativa de los “amigos progre” se convirtió en una ofensiva ¿Cómo podía ser que en Filosofía y Letras de la UBA existieran otras voces además de la de Romero?
Y volvieron los investigadores de su exilio económico, al que los había confinado la concentración de poder académico de los “progres” que sumaban tantas cocardas como y cargos. Y vinieron nuevas Universidades que dieron nuevos lugares, y retornaron más investigadores y el CONICET abrió todos los años el ingreso a la Carrera del Investigador –llegó a estar 10 años cerrada-. Las puertas de la cultura se abrieron de par en par y de golpe aparecieron nuevas voces donde siempre se habían oído las mismas de siempre.
Y los monopolios mediáticos pasaron a canalizar la defensa de la libertad de expresarse exclusivamente, como lo habían hecho los Sarlo, Romero, Aguinis, Lanata. Y a brindarle espacio para que se expresen contra ese poder "tiránico" que se había vuelto contra ellos al darle oportunidades a todos por igual. Porque en definitiva la democracia había llegado a la cultura y los intelectuales siempre “protegidos” buscaron refugio en un poder que ahora era económico y se concentraba en los monopolios mediáticos. Clarín, La Nación, Ñ, Perfil, Viva, eran ahora, el lugar en el que su única voz quedaba a salvo de cruzarse con otras.
Desde allí lanzaron y lanzan hoy a capa y espada su "batalla cultural". Que no es en favor de la pluralidad, del avance del conocimiento científico, de la cultura, de los intereses de todos. Es la batalla por defender su monopolio, la exclusividad de su voz, su única forma de entender la cultura.
Gracias Gustavo
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