DEMASDEMASIADO PROGRE PARAm MACRI

“Así como la monarquía terminó con el feudalismo y la república terminó con la monarquía, la democracia popular terminará con la democracia liberal burguesa y sus distintas evoluciones democráticas de que hacen uso las plutocracias dominantes”
Juan Domingo Perón

"EL PERONISMO NO SE APRENDE NI SE PROCLAMA, SE COMPRENDE Y SE SIENTE"
EVITA


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Cita con ángeles

Septiembre aúlla todavía
su doble saldo escalofriante.
Todo sucede un mismo día
gracias a un odio semejante.
Y el mismo ángel que allá en Chile
vio bombardear al presidente,
ve las dos torres con sus miles
cayendo inolvidablemente.

Éste es un fragmento de Cita con ángeles de Silvio Rodriguez. 

El poeta cubano, pone el acento en "el doble saldo escalofriante" al hablar de éste día y nuevamente debo darle la razón, aunque haciendo algunas salvedades.

El odio, la impudicia, el egoísmo, el despotismo, que maneja nuestro Gran Hermano del norte es comparable con cualquiera de los imperios de la historia.

Tanto es así, que hasta las valijas de las que habla Galeano, en Memorias del Fuego, texto que prosigue, tienen un mismo dueño, un mismo destino y fin, justificar una matanza, hacer negocios, hacer tronar el escarmiento ante todo aquel que se atreva a alzar la voz.  En los setenta fueron los golpes de estado, ahora son las guerras preventivas con excusas variadas y un solo objetivo, vender, consumir, dar rienda suelta a la impotencia de ser grande y bobo, de ser grande e inseguro, ser grande y no tener ningún atributo de grandeza.

Desesperados, los querubes
toman los cielos de la tierra
y con sus lápices de nubes
pintan adioses a las guerras.
El mundo llena los balcones
y exclama al fin: esta es mi lucha,
pero el señor de los cañones
no mira al cielo ni lo escucha.

Entonces hoy homenajeamos a los caídos inutilmente junto a las torres (incluye a los bomberos y voluntarios), a las víctimas de su venganza armada para y por la televisión y los grandes holding financieros y petroleros; y especialmente a Salvador Allende, el único de esta historia que murió por algo que creía y con las botas puestas.   Nosotros somos concientes, que la grandeza se obtiene unicamente cuando uno es consecuente con sus ideales.

La trampa de Eduardo Galeano

Por valija diplomática llegan los verdes billetes que financian huelgas y sabotajes y cataratas de mentiras. Los empresarios paralizan a Chile y le niegan alimentos. No hay más mercado que el mercado negro. Largas colas hace la gente en busca de un paquete de cigarrillos o un kilo de azúcar; conseguir carne o aceite requiere un milagro de la Virgen María Santísima.

La Democracia Cristiana y el diario «El Mercurio» dicen pestes del gobierno y exigen a gritos el cuartelazo redentor, que ya es hora de acabar con esta tiranía roja; les hacen eco otros diarios y revistas y radios y canales de televisión. Al gobierno le cuesta moverse; jueces y parlamentarios le ponen palos en las ruedas, mientras conspiran en los cuarteles los jefes militares que Allende cree leales.

En estos tiempos difíciles, los trabajadores están descubriendo los secretos de la economía. Están aprendiendo que no es imposible producir sin patrones, ni abastecerse sin mercaderes. Pero la multitud obrera marcha sin armas, vacías las manos, por este camino de su libertad. Desde el horizonte vienen unos cuantos buques de guerra de los Estados Unidos, y se exhiben ante las costas chilenas. Y el golpe militar, tan anunciado, ocurre.

Allende

Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir.

Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire. Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez: —Yo no voy a renunciar...

La reconquista de Chile

Una gran nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile. El Registro Civil no anota las defunciones, porque no caben en los libros, pero el general Tomás Opazo Santander afirma que las víctimas no suman más que el 0,01 por 100 de la población, lo que no es un alto costo social, y el director de la CIA, William Colby, explica en Washington que gracias a los fusilamientos Chile está evitando una guerra civil. La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país. Ocupa el poder, todo el poder, una Junta Militar de cuatro miembros, formados en la Escuela de las Américas en Panamá. Los encabeza el general Augusto Pinochet, profesor de Geopolítica. Suena música marcial sobre un fondo de explosiones y metralla: las radios emiten bandos y proclamas que prometen más sangre, mientras el precio del cobre se multiplica por tres, súbitamente, en el mercado mundial.

El poeta Pablo Neruda, moribundo, pide noticias del terror. De a ratos consigue dormir y dormido delira. La vigilia y el sueño son una única pesadilla. Desde que escuchó por radio las palabras de Salvador Allende, su digno adiós, el poeta ha entrado en agonía.

Cuando muere un hijo de puta

Por Dante López Foresi 
 
- En varias redacciones ya se encuentran confeccionadas las notas necrológicas de varias personalidades aún vivas de nuestro país. Los jefes de redacción solo esperan la muerte de cada quién para dar la orden de publicación "con el dolor por la pérdida irreparable" de cada caso. Esto es así, porque en el imaginario argentino no es novedad que la muerte santifica y exculpa hasta a las almas más siniestras. La única distinción terrenal periodística entre buenos y malos se limita a la extensión de la necrológica: cuanto mejor persona fue en vida, más extensa es la nota, y viceversa. El único castigo que merecen los hijos de puta es ser relegados a un simple recuadro recordatorio o al último titular en importancia del día de su muerte. Jamás la condena verbal y escrita. Quizás sea así porque la muerte ajena siempre nos remite a nuestra inexorable muerte futura. Hasta resulta difícil conjuga r tiempos verbales cuando nos referimos al único fenómeno humano inmodificable. únicamente en comentarios domésticos se suele escuchar: "que paradoja...murió una buena persona y hay tanto hijo de puta caminando por la calle...". Y es tomado con toda naturalidad que los turros mueran en una cama, sin dolor, de viejos y sin castigo. Aún nos conformamos con la idea del "castigo divino", y en él depositamos nuestra propia responsabilidad de señalar con el dedo y la palabra. Es que la muerte no deja de ser un episodio tan natural como el nacimiento. Creemos que nacemos buenos y nos intoxicamos con el paso de los años. Pero no evaluamos que intoxicarse es una decisión humana. Los valores y principios suelen ser nuestro antídoto contra la toxicidad de la vida. Nos permiten no alejarnos demasiado de esa supuesta pureza que tuvimos al nacer. Y valores y principios es -justamente- lo que no existe en el mundo de los hijos de puta. Es medianamente sencillo entender por qué suponemos que nacemos puros, pero...¿alguien puede afirmar desde su corazón que la muerte nos devuelve a todos ese perfil casi inmaculado que tuvimos tras nuestro primer llanto?. Todo parece indicar que nos resultará muy complicado llegar a la madurez suficiente como para poder leer en grandes titulares la leyenda..MURIÓ UN HIJO DE PUTA.

En primer lugar porque que hay conceptos y creaciones lingüísticas insustituibles, como ya lo dijeron Gabriel García Márquez y el negro Roberto Fontanarrosa en el último Congreso Internacional de la Lengua. El concepto "hijo de puta" no posee en nuestro idioma otros que lo reemplacen. Y no es un insulto a las madres, como suelen afirmar los minusválidos intelectuales. Es toda una definición de un estilo y una filosofía de vida deliberadamente elegida. Si bien algunos creen que "mala persona" es un concepto alternativo. Pero no. "Mala persona" es un concepto cargado de subjetividad y creado desde la opinión de las víctimas ocasionales. En cambio, un hijo de puta es una mala persona indiscutible, y es una definición ecuánime. No es simplemente alguien que se comporta como mala persona. Ser mala persona es una parte ínfima de su elegido estilo de relacionarse con los demás y de considerar al mundo de los afectos. La diferencia es visible: cualquiera puede ser considerado como mala persona por actitudes juzgadas por terceros. Pero en estos casos existe la posibilidad de error y reparación. Un hijo de puta no desea jamás la reparación, pues ser hijo de puta es su esencia. Una supuesta mala persona puede llegar a considerar la posibilidad de curarse luego de leer a Almafuerte. Pero un hijo de puta ni siquiera evalúa esa posibilidad. Ha elegido serlo hasta su muerte. Y repito esta idea: "ha elegido" ser un hijo de puta. Es su responsabilidad. Muchos de ellos hasta sienten placer y una sensación de "poder" al ser señalados como tales. Se jactan de su "hijoputez".

Podría caer en la simplificación de suponer que hijo de puta se nace. Sin embargo opto por seguir respetando aquella esperanzadora creación cultural de los bebés incorruptos. De este modo, hijo de puta deja de ser un adjetivo calificativo (o descalificativo) sino toda una definición humana. Y en esta alquimia que es vivir, el mundo se divide a menudo entre buena gente por un lado, e hijos de puta por el otro. Nótese que deliberadamente evito escribir eufemismos tales como "hijo de p..." o "hdp", por considerarlos prejuicios cobardes idiomáticos. El idioma es por definición una serie de símbolos que las sociedades nos ponemos de acuerdo en utilizar para definir cosas, personas, actos, etc. Y creo que todos estamos de acuerdo, aunque en privado tengamos reparos en mencionar ciertas palabras, en qué significa exactamente un hijo de puta. Cuando George Bush (pido perdón por utilizar por primera vez una palabrota en este artículo) define al supuesto "eje del mal" intenta precisamente calmar a la especie señalándole donde están los buenos y donde los hijos de puta. Sin embargo, todos sabemos que en ambos extremos del supuesto eje hay hijos de puta asociados. Bush solo intentó distraer la atención denunciando primero, como si la primicia en nuestra cultura también santificara. Como la muerte.

Sin embargo, usted y yo sabemos distinguir nítidamente. Habiendo frente a nosotros tantos ejemplos cotidianos de buena gente que vive para hacer el bien desinteresadamente y por el solo placer de hacerlo, me parece un deber señalar inequívocamente a los hijos de puta. Sin eufemismos. Porque no consideraríamos al blanco como claro, si no lo comparásemos con la oscuridad de negro. Y precisamente para resaltar la claridad del puro, debemos previamente mostrar "claramente" su opuesto. Cuando murió Augusto Pinochet, a modo de ejemplo, consideré un sacrilegio para con las almas nobles leer varios titulares que decían "murió el ex dictador" y hasta algunos que osaron informar que "murió el ex presidente de Chile". No señor. Me resisto a que la noticia sea publicada de otro modo que diciendo: "murió un hijo de puta". Y vuelvo a la comparación con su concepto más parecido. Una mala persona solo provoca dolor entre sus cercanos. Pero solamente un hijo de puta lo hace deliberadamente y midiendo perfectamente las consecuencias. No significa esto que solamente quienes cometen genocidios pueden ser definidos como hijos de puta. Cada uno de nosotros tiene a la vista sus hijos de puta privados. Y nos enorgullece ser sus víctimas, y jamás sus aliados. Eso nos diferencia y distingue.

Esta serie de reflexiones solo intenta extirparnos del alma ese sentimiento impuesto por la tradición judeo-cristiana: la culpa. Y sentimos culpa cuando sobreviene el alivio tras la muerte de un hijo de puta. Que desconozcamos la muerte, que todo lo desconocido nos atemorice, que nos aterrorice su sola idea, que tengamos como única certeza humana que la muerte nos alcanzará algún día y que nos consideremos buenas personas por no desear íntimamente la muerte de nadie no debe detenernos a la hora de expresar nuestras reacciones ante la muerte de alguien que es el único responsable de ser considerado un hijo de puta. Lo que sentimos es genuino, por más censuras que nos impongan los dogmas y la tradición. Y no debemos hacerlo únicamente para evitar psicoanalistas que nos ayuden a liberar nuestros sentimientos reprimidos. Tenemos la obligación de marcar la diferencia entre muertos en honor a tanta buena gente cercana o no, que se nos aleja diariamente. No es justo impartir el mismo trato generoso a dos almas, si una es noble y la otra decidió no serlo. La muerte no nos iguala. La muerte termina con nosotros, que es otra cosa.

La vida, Dios, los mandatos y los titulares de los diarios no tienen derecho de actuar tan injustamente al pretender que el natural hecho de la última exhalación provoque automáticamente el veredicto que indica que una vida guiada por la decencia sea considerada similar a la existencia de un hijo de puta. Cuando alguien muere injusta y prematuramente, es válido dudar hasta de la existencia de Dios, pues la fuente de toda justicia no tiene derecho a hacer excepciones tan dolorosas. Cuando una persona amada por sus amados muere, es también válido sentir no solamente el dolor objetivo que esa pérdida provoca, sino el adicional por intuir nuestra propia e inexorable muerte futura. Pero cuando quien muere es alguien que dedicó su vida por elección personal a hacer daño, a convertir el oro en barro, a pisar los brotes nacientes, a traicionar confianzas, a quitarle el pan de la boca a sus hijos para entregárselo a bocas prostituidas y una interminable lista de etcéteras, en este caso no solo podemos, sino que debemos afirmar sin culpas ni temores: murió un hijo de puta.

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