Estadio de Ferro, noche de estrellas.
La cruz del sur en primera fila, y un límite difuso entre lo ideológico y lo formal en las formas y en las trazas. Muchas caras conocidas de otros tiempos y de estos.
Ayer pude darme una panzada de música y recuerdos de fogones tardíos en años de resistencia neoliberal menemista, que en algún punto entrelazó algunos vínculos que hoy, vistos a la luz de los acontecimientos, resultan maniqueos y porque no decirlo, estúpidos y distantes, casi formando parte de un olvidable pasado.
Me sentía rodeado. Mucho morral, remeras negras con letras rojas cuidadamente gastadas, desprolijidades estudiadas, Viva el CHE!!!!, Viva Fidel!!!, Viva Santucho!!!???, Viva Cuba!!!.
Con mayor o menor suerte, todos recibían adhesión. Una bandera cubana entre la VIP oro (más de $500). Más tarde me preguntaría si era cubano el portador o solo uno más entre los cipayos desclasados.
Nosotros, los peronistas, kirchneristas, respetamos a Silvio por lo que fue y por su compromiso con una idea revolucionaria. Porque lo escuchábamos clandestinamente en los finales de los '70 en casetes TDK grabados y regrabados hasta hacerlos casi inescuchables y porque lo invitamos en el primer aniversario de Néstor, y porque Cristina cantaba Oleo de una mujer con sombrero y porque forma parte de los pensadores latinoamericanos que se sienten parte de una gran nación.
Lamentablemente, los iluminados de la izquierda(¿¿¿¿?????) vernácula en todas sus formas o sea, los que apoyan a las patronales sojeras, los que repudian las AUH porque no alcanza, los que se oponen a todo lo que ellos no impulsan y critican a todo y a todos los que les roban sus banderas históricas, se creían únicos destinatarios e intérpretes de las canciones de Silvio y gran mayoría en el recital hasta que se coló un Viva Néstor!!! y el Viva!!! en respuesta tronó en todo el estadio. O cuando terminó la interpretación con Víctor Heredia de "Todavía cantamos" y desde la tribuna se empezó a escuchar la versión de militancia "Somos de la gloriosa Juventud Peronista, somos los herederos... no nos han vencido" que rápidamente nos sumamos miles de voces en todo el recital. Tampoco faltó el "Néstor no se murió..." o "Yo soy argentino, soy soldado del pingüino", en definitiva, al final nos soltamos y pudimos dar al recital, identidad y nacionalidad en contraposición al internacionalismo entreguista y cipayo en donde suelen esconderse los pusilánimes.
El espectáculo, una maravilla, más allá de gustos y sobre agiornamiento de clásicos, (yo me opongo siempre) 30 temas y casi tres horas de placer.
A los troskos, más allá del dolor de huevos, también es habrá gustado.
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Menos símbolos y más hechos
Clarín titula en tamaño catástrofe "Compradores que dudan y billetes que no terminan de aparecer", pero antes de empezar a protestar, a exigir la total aplicación de la ley de medios, o carcel y castigo a los represores, analicemos a quien va dirigido el mensaje.
Lo que se encubre en todo esto, es tan imperceptible a nuestra cotidianeidad, que la hace invisible, no por su condicion en sí, sino por nuestra doble moral, por nuestro doble discurso cipayo y vendepatria, y perdonen si en la calentura, que no excluye a nadie, ni a mi, se sienten mencionados, juro que es totalmente conciente y se los diria en la cara porque es exactamente lo que pienso.
Fuimos millones de argentinos con el pecho enchido de fervor patrio en la celebración del Bicentenario, nos emocionamos como nunca con el himno, nos llevamos la derecha al corazón y con la izquierda hacemos la V. Escuchamos "Proceda" y vemos bajar los cuadros entre lágrimas, pero cuando te preguntan a cuanto vendes tu casa se va a la mierda todo esa emoción y como en los mejores tiempos del menemato respondes chiquisientos DOLARES. Pero ahí no termina tu malversación de patria, en la escritura, ponés 50.000 pesos. Eso sí, te ponés como loco con las declaraciones de Susana, no dejás de ver ni un solo día 6,7,8 y volviste a lucir escarapela una semana antes y una despues de cada fecha patria.
¿Como es esto?, ¿que o quien está equivocado?. ¿Deberíamos para ser consistentes con nuestro proceder, leer Clarín?, ¿votar a Macri? o peor, ¿pedir por la excarcelación de María Julia?.
Si hasta Dromi declara ahora que hay que reestatizar YPF, ¿que discurso coherente con nuestro accionar nos corresponde?, seguro que "defender el modelo", no está incluído.
Pensémoslo.
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Cholulismo: Hoy, Pablo Echarri
“Soñar con un futuro mejor para todos me hace feliz”
Casi veinte años después de su debut televisivo, Echarri parece haber alcanzado una madurez personal y profesional que se conjuga con su compromiso político. “Definitivamente no soy el mismo que era hace diez años”, afirma.
Por Emanuel Respighi
“Saber que cada vez más argentinos se suman a este proyecto ‘amoroso’ que busca incluir me enorgullece profundamente.”
La percepción se confirma después de una hora de entrevista: Pablo Echarri está atravesando uno de esos –escasos– momentos en los que un hombre siente que la felicidad plena no es un sueño inal-canzable. Relajado como nunca antes, Echarri recibe a Página/12 con la tranquilidad de haber terminado con las extensas jornadas de grabación de El elegido, la ficción que el lunes, a las 23, le pone punto final a su entreverada e hipnótica trama. Un estado que se refuerza por el hecho de ser consciente que en su primera incursión como productor televisivo logró plasmar en la pantalla de Telefe un drama narrativamente atrapante, impecablemente actuado y estéticamente definido. Pero no es sólo su profesión lo que lo muestra en plenitud: el saberse parte de un colectivo social que encontró en el kirchnerismo un espacio político en el cual reconocerse juega un papel de peso que explica, en parte, su manifiesta felicidad. “Definitivamente no soy el mismo que era hace diez años”, subraya en la entrevista.
Poco queda del galancito que había irrumpido en la pantalla chica a mediados de los noventa en programas como Sólo para parejas, Inconquistable corazón y Por siempre mujercitas. Casi veinte años después de su debut televisivo, Echarri parece haber alcanzado una madurez personal y profesional que le permite dejar de lado las luces que la industria local les impone a sus figuras.
Distendido, el actor que en Resistiré, Montecristo, Plata quemada y Crónica de una fuga ya había insinuado su interés de correrse del rol de galán tradicional, ahora parece no tener inconvenientes en mostrarse como un ciudadano capaz de reconocer sus errores y expresarse políticamente. No sólo no tiene problemas: tiene la necesidad de decirlo, de subrayarlo, como una manera de aportar su granito de arena a la construcción de un país más justo. El actor se encontró con el ciudadano; el ciudadano se encontró con el actor. “La experiencia de El elegido me hizo crecer”, dispara. “Me bajó enormemente el nivel de exitismo, me ayudó a enfocar específicamente cuál era la búsqueda artística y a valorarla. Esa posibilidad de que el rating no nos haya acompañado de la forma desmedida que yo pensaba en un primer momento me dio la posibilidad de valorar cosas que de otra manera no hubiera sido posible.
Dios es muy sabio: como productor me permitió tener que desmenuzar lo hecho para ver cuáles eran los pro y los contra de El elegido. Si me hubiera dado un éxito de 30 puntos en mi primer programa como productor, hubiese generado un ser imposible, mucho más despreciable de lo que realmente soy”, reconoce, con una naturalidad asombrosa.
–¿Qué evaluación hace de El elegido?
–Yo siempre tengo expectativas desmedidas. Tal vez ése sea el motor que hace que transforme un acto de fe en un programa de TV concreto. Sabíamos en el fondo que la historia de El elegido era compleja y probablemente no masiva, había algo interiormente, aunque no lo hablábamos en voz alta como para no matar el motor, que nos decía que no íbamos a poder sumar a las masas. Cuando se estableció en los 12 puntos diarios, un número acotado para las expectativas generales de la TV actual, descubrí un grado de evolución del productor respecto del actor. Hubiéramos querido tener mayor rating y transformarnos en un éxito, pero también comprendí que El elegido fue uno de los programas que más rating le dio a Telefe, con una composición de audiencia de alto consumo que hizo que comercialmente nos garantizara la continuidad.
–El ego inflado del actor le cedió lugar a la frialdad del productor.
–Todas esas eran variables que antes no veía como actor, y que cuando las comprendí me liberé de una presión muy fuerte, de una idea exitista fogoneada por mi carrera de actor. Entendí que el rating es una variable peligrosa en cuanto podía afectar la continuidad de un programa. Ahora, cuando por otras variables, como el share, la composición de audiencia, el acompañamiento de los anunciantes y la media de audiencia del canal, un programa tiene asegurada su permanencia al aire, el rating pasa a ser un número. Un número al que no vas a mirar todo el tiempo.
–Lo que pasa es que, además de ser una variable importante para garantizar la continuidad de un ciclo, el ego de un actor se alimenta del rating.
–La atención del actor hacia el rating está ligada a la función que cumple en un elenco. El actor cumple con su trabajo, pero no participa de un montón de pormenores. El número de rating es el vínculo más directo que tiene el actor con lo que está haciendo. A más rating, más alegría; a menos rating, mayor tristeza. Cuando el esquema se complejiza, uno empieza a tener en cuenta otras cuestiones, y el rating pasa a tener una atención en su justa medida. Si hubiéramos estado debajo de los dos dígitos, el rating me hubiera enfermado, lastimado y deprimido. El rating es un número que tiene vida: con sólo verlo te puede provocar un momento de euforia o de depresión. Aprendí a hacer más compleja la evaluación y eso me liberó. Eso no quiere decir que el próximo programa me libere del rating: siempre voy a querer hacer 30 puntos. De todas maneras, a medida que voy creciendo me doy cuenta de que tengo la necesidad natural de de-sestructurar lo anterior. Sucede a costa mía. No puedo manejarlo de manera consciente. No puedo regodearme en la comodidad que me deja algo ya constituido. Me subleva interiormente; es una suerte de pulsión agotadora. Cuando siento que puedo instalarme o disfrutar de lo conseguido, hay algo interno que me pide patear el tablero e ir en busca de otra cosa. Y el rol de productor tiene que ver con eso: con no quedarme en la comodidad del actor. Necesitaba crearme un esquema de trabajo que contuviera todas mis obsesiones. En el último tiempo sentía que era tal el grado de obsesión por el trabajo que sentía que el oficio de actor era poco. ¡Necesitaba crearme un problema mayor!
El ciudadano detrás del actor
Educado en el seno de una familia radical, con abuela y padre de fuerte arraigo al partido centenario, Echarri confiesa que recién ahora dejó de repetir los preceptos que como hijo y nieto se le habían establecido con naturalidad, pero sin haberlos elegido. Por eso, no resulta extraño ver al actor y productor en los actos o anuncios de Cristina Fernández de Kirchner relacionados al mundo artístico. Eso, dice, también es parte del crecimiento que persigue. “A mis 42 años estoy descubriendo una necesidad de compromiso ideológico que por el vacío que han dejado los años de dictadura y de neoliberalismo no me había dado la posibilidad de encarar una militancia como la que tendría que haber hecho a los veintipico”, reflexiona Echarri. “La dictadura y los años de nube de pedo que hemos vivido a través del exitismo rabioso que ofrecía el neoliberalismo, que nos corrió el eje de lo importante para inflarnos el ego –analiza–, hizo que a los 42 años y con dos hijos tuviera la necesidad concreta de expresar lo que había descubierto ideológicamente. Encontré en estos años la necesidad de ejercer mi propia expresión aquí y ahora. Ni mañana ni el año que viene. Sentí que no había manera de dejar pasar más tiempo.”–¿Hubo un período de discernimiento interior respecto de la conveniencia o no de expresarse políticamente?
–Fue una necesidad irrefrenable, que ni siquiera fue pensada intelectualmente, fue un hecho espontáneo. Pero después de haberme expresado espontáneamente, lo internalicé intelectualmente y me di cuenta del riesgo que estaba tomando. Cuando tomé conciencia de ese riesgo, me di cuenta de que la potencia del compromiso era mucho mayor a cualquier conveniencia.
Agradezco haberme expresado políticamente. Sobre todo por lo que estamos viviendo los argentinos en este momento.
–¿Qué es lo que más lo entusiasma de este proceso?
–Estamos muy cerca de nuestra última experiencia electoral, y ver el camino, la ilusión y la esperanza que me crea este proceso político me enorgullece. Saber que soy parte, y que cada vez más argentinos se suman a este proyecto “amoroso” que busca incluir –y no excluir, como durante mucho tiempo se hizo a lo largo de la historia argentina–, me enorgullece profundamente. En este camino de la evolución personal, sentía que a mis hijos les estaba demostrando que podía ser responsable de una profesión y de llevar el pan a casa. Pero descubrir un compromiso que se antepone a cualquier conveniencia laboral, y hacerlo prevalecer más allá del miedo, me hace sentir que ahora les estoy dejando algo verdaderamente grande. Más allá de los roles de padre y trabajador, siento que mostrarles que el miedo no tiene lugar cuando uno sigue sus convicciones es el legado más importante que les puedo brindar.
–¿Encontró en el kirchnerismo el lugar que desde hacía tiempo buscaba para comprometerse políticamente, o el kirchnerismo despertó en usted al ciudadano dormido?
–Todo transcurrió de una forma paralela. Mi compromiso social, sobre todo con el colectivo de actores, surgió cuando en 2003 con un grupo de colegas armamos una comisión para negociar con el por entonces gobierno entrante la atrasada Ley de Propiedad Intelectual, que estaba implementada para todos los que estaban contenidos en esa ley, menos para los actores. Ese compromiso hizo que fuéramos a buscar como interlocutor a Néstor Kirchner, entonces un político desconocido que no sabía que posteriormente se iba a transformar en un padre ideológico para mí. Cuando nos sentamos con Kirchner para llevarle la carpeta para que de una vez y para siempre se aplicara la ley que a los actores se les fue vedada durante 74 años, y así resarcir una deuda histórica del Estado argentino, nos encontramos con un tipo que escuchó la exposición y nos dijo: “Es patético discutir lo indiscutible: me comprometo a reglamentar la ley y a publicarla en el Boletín Oficial, que es lo que corresponde”. Fue una actitud contraria a la que esperábamos encontrar de un “hombre de poder”, sobre todo por cómo los “hombres de poder” históricamente se ligaban a las corporaciones y a los poderes establecidos, a los que no se enfrentaban para no dañar esa unión, por miedo a hacer peligrar su propia existencia. Ese día me di cuenta de que estaba ante algo grande.
–Pero calculo que habrá percibido en el kirchnerismo mucho más que una actitud deseada y sorprendente.
–Esa fue la punta del ovillo. A medida que se fue deshaciendo el ovillo me di cuenta de que había detrás mucho más que una simple actitud. Cuando con el tiempo descubrí ante qué persona estaba, ante qué modelo de político me encontraba y ante lo que iba a venir, sentí que para satisfacer mi deseo de evolución debía apoyar una gestión que encauzaba mis inquietudes ciudadanas. Era un modelo de político y de política que se iba a diversificar para que la idea más sobresaliente, la ganadora, pudiera ser llevada a cabo a toda costa. En ese momento sentí que el kirchnerismo representaba mis deseos más profundos, inclusive los menos intelectuales, lo más viscerales. Y cuando llegó la ley de medios me di cuenta de qué se trataba, fue el último empujón que necesitaba. Hoy vivo este momento con total emoción y con un compromiso profundo y personal. Ya dejé de seguir las ideas de mi viejo y mi abuela... En el kirchnerismo descubrí mi complemento como hombre. La aparición de este modelo político que será por lo menos de tres mandatos se manifestó paralelamente a mi adultez: se murió mi viejo y me transformé definitivamente en el padre de mi familia, vino mi hijo varón... Fue algo absolutamente natural. Tuve la posibilidad de conocer personalmente a Kirchner, de bromear entre Racing e Independiente, y creo que ese desparpajo con el que se manejaba nos acercó. Kirchner nos dio la posibilidad de exponer y defender nuestras ideas sin que nos temblaran las piernas, porque básicamente era un tipo que tenía corazón. Eso me hizo evolucionar como hombre y transformarme en uno de los kirchneristas más defensores de este modelo. En el kirchnerismo encontré una ideología y un espacio donde expresarme. Haber encontrado un espacio concreto en el cual poder soñar con un futuro mejor para todos me hace un tipo completo, mucho más feliz.
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Al pan, pan, y al vino, "el Justicialista"
Esto que parece una publicidad de alguna bodega, resulta de una abstracción intelectual mía que paso a exponer.
LLamemos las cosas por su nombre.
Vivimos en un mundo por demás hipócrita en el que los valores están subvertidos a sabiendas de propios y ajenos, pero hacemos como que no lo vemos por el trauma, el dolor o vaya uno a saber por qué raro designio de la mente. ¡Voto a Sigmund!.
Vivimos en un mundo por demás hipócrita en el que los valores están subvertidos a sabiendas de propios y ajenos, pero hacemos como que no lo vemos por el trauma, el dolor o vaya uno a saber por qué raro designio de la mente. ¡Voto a Sigmund!.
Aceptamos con mansa sumisión, -algunos nos ofuscamos, pero no pasa de putear al televisor- cuando al comandante en jefe de dos ejércitos de ocupación y exterminio le dan el premio Nobel de la Paz. Cuando a diez años del derrumbe de las torres gemelas y aún viendo los cortes deliberados en las columnas de los edificios, la caída cronometrada de los mismos y de un tercero que no fue impactado, las claras muestras que al pentágono no lo impactó un avión comercial, sino un misil teledirigido a una zona desocupada del mismo. Cuando el mundo se desploma por recetas impiadosas que solo tienen en cuenta sus balances financieros sin importarles las vidas que arruinan. Si se sabe que los rescates que tanto EEUU como Europa aportan al sistema financiero lo aplicaran a los usuarios, víctimas de esos sistemas financieros, nada colapsaría y volvería todo a la normalidad, la gente sin deuda y los bancos con plata. Para ejemplificar esto voy a usar al final de la nota, las palabras de Mario Bunge (*) en un reportaje que le hicieran en La Nación hace un par de años, aunque resulte paradójico tanto el mensajero como la fuente, verán que es justo.
Estamos hartos de ver en la televisión local invocar todos los males cada cinco minutos de parte de todos los sectores de la sociedad -por lo menos eso es lo que se ve- haciéndonos creer en el peor de los mundos, ignorando datos oficiales, zonales, mundiales que demuestran que lo que están diciendo es un invento, una falacia, pero no importa, hay que decirlo, hay que marcarlo a fuego a todos los que quieran escucharlo y estén lo suficientemente desprevenidos para aceptarlo, "Argentina está aislada del mundo", "estamos en una etapa terminal", "la corrupción es la peor de la historia", "la presidenta es bipolar", "el cajón era chico", "le pegaba", "es una yegua", "los quieren matar", "no tienen mas del 40%, el resto es producto del fraude", etc., etc., etc..
Por eso el título, porque hemos demostrado pese a todo y a todos que la solución a todos esos problemas se escribió hace 60 años. Que se empezó a practicar a mediados del siglo pasado y a principios de este mileno se reeditó para quedarse. LLamalo como quieras, tercera posición, Justicialismo, Peronismo. Kirchnerismo, pero sabelo que vino para ser fundante de una nueva generación de pibes y pibas que miren al futuro con esperanza, porque el new deal está aquí y ahora, y no es ni Smith, Marx o Keynes quienes digitan la economía, sino una doctrina que tiene como principales objetivos, la grandeza de la patria y la felicidad del pueblo.
(*) Cita de Mario Bunge a La nación el 21 de marzo de 2010: "A propósito de esto, ¿sabe cómo se manejan la finanzas internacionales en este momento? Hay un cuento que lo ilustra. En un pueblo turístico de Europa, llega de pronto un alemán muy rico al único hotel del lugar, deja en el mostrador un billete de cien euros y le dice al dueño: "Me gusta mucho el lugar y quiero estudiar la posibilidad de pasar una semana acá. ¿Me permite mirar las habitaciones?" "Sí, suba, las habitaciones están todas abiertas", le responde el dueño del hotel, que sale corriendo y le lleva el billete de cien euros al carnicero para saldar una deuda. El carnicero sale corriendo con el billete para pagarle al proveedor de alimentos para sus cerdos. A su vez, el proveedor de alimentos para cerdos va corriendo con ese billete y le paga a la prostituta una deuda por sus servicios. La prostituta toma el mismo billete de cien euros y lo deja en el mostrador del hotel para pagar la deuda que tiene por haber alquilado las habitaciones. Entonces, al cabo de un rato, baja el turista alemán y le dice al dueño del hotel que no le gusta ninguna de sus habitaciones, toma el billete y se va. Han transcurrido nada más que cinco minutos, nadie hizo nada, nadie produjo nada, pero todo el mundo está feliz porque todas las deudas han sido saldadas (risas). En esto consisten las grandes finanzas. Detrás de estas grandes manipulaciones no hay nada. Hay gente que se arruina. Es monstruoso".
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Piropos K
Quiero que seas la madre de mi asignación por hijo
Tenés más levante que la economía en estos últimos 8 años
Esa pendeja está más buena que la Ley de Medios
Te parto en seis, siete, ocho
Te doy derecho donde está tu necesidad
Me gustaría ser telecentro, para darte Paka Paka
Te profundizo el modelo
Te voy a reventar la plaza
Te entro como la boleta del FPV en las primarias
Tenés más levante que la economía en estos últimos 8 años
Esa pendeja está más buena que la Ley de Medios
Te parto en seis, siete, ocho
Te doy derecho donde está tu necesidad
Me gustaría ser telecentro, para darte Paka Paka
Te profundizo el modelo
Te voy a reventar la plaza
Te entro como la boleta del FPV en las primarias
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La Nación ... MIrá vos?
Lo que van a leer ahora es una rara avis, es un artículo de La Nación de hoy, de esos que a uno le gusta leer. Un análisis técnico en base a opiniones con nombre y apellido, de sociólogos, encuestadores, politólogos de distinto signo que refutan y argumentan sus opiniones. Incluso, me he sorprendido de encontrar la contraposición a un argumento en el párrafo siguiente. Un placer. Se los recomiendo
La batalla por el sentido común: ¿Hacia una hegemonía kirchnerista?
El debate atraviesa la discusión política: para algunos, el Gobierno impulsa un intento programáticamente articulado, ya no de imponer su verdad sino de conquistar con ella a la opinión pública, plantándose en la mesa de cada día como el único alimento intelectual que vale la pena. En pleno año electoral, una pregunta clave: ¿podría esa influencia tener efectos sobre las urnas en octubre?
Por Raquel San Martín
Lograr que el punto de vista de un grupo se convierta en el sentido común de la mayoría ha sido la meta de gobiernos, iglesias e ideologías de todos los tiempos. En la Argentina, hoy muchas voces se preguntan si el kirchnerismo ha convertido esta batalla por colonizar el sentido común de las personas en una política de Estado.
La exaltación de algunos personajes y acontecimientos de la historia argentina, la narrativa militante sobre los años 70, la división del mundo en "nosotros" y "ellos", la identificación de enemigos -el campo, los "medios hegemónicos", algunos empresarios-, la elevación de Néstor Kirchner al panteón de los héroes , la circulación de ideas en medios, redes sociales y blogs oficialistas, la ubicua letra K y hasta la muestra sobre "pensamiento nacional" que acaba de terminar en el Palais de Glace serían herramientas de una ingeniería política dedicada a alcanzar una "hegemonía cultural", que alimente los discursos públicos y las ideas privadas. Y que, más que convencer, busca instalarse, dicen algunos, en el sentido común, esa lente a través de la cual vemos el mundo y tomamos decisiones, hecha de creencias colectivas que incorporamos casi sin advertirlo.
Mientras desde el Gobierno se sostiene que intentar influir en mentes y emociones es sólo parte natural de la lucha política para "profundizar el modelo", hay quienes no creen que los intentos kirchneristas puedan provocar efectos concretos -como en la decisión de voto- sobre las personas.
¿Hay una hegemonía cultural y política kirchnerista? ¿Pueden el kirchnerismo y su manera de ver el mundo convertirse en un sentido común que exceda el convencimiento de campaña o el consenso sobre una política? ¿Sería capaz esa influencia de tener efectos sobre las urnas en octubre?
El debate, que por estos días se hace un lugar en la academia y está presente en distintos espacios de la Web, tuvo un impulso reciente a partir de una nota de Beatriz Sarlo en La Nacion, publicada el mes pasado. Allí, la ensayista argumentaba que el candombe "Nunca menos", que se escuchaba entonces durante las transmisiones de los partidos de Fútbol para Todos, podía encarnar un intento particular, y más sofisticado, de dominio social. "Tengo, por primera vez, la sensación de que así se expresa una hegemonía cultural (?), una trama donde se entrecruzan política, cultura, costumbres, tradiciones y estilos", escribió la ensayista, quien encontró que, como todo intento hegemónico, el candombe kirchnerista "produce identificación".
Al calor de las ideas del politólogo Ernesto Laclau -un intelectual complejo e influyente en la ciencia política desde hace décadas, súbitamente llevado al conocimiento de entrecasa por el kirchernismo-, para el gobierno, perseguir la hegemonía es sinónimo de gobernar. Leyendo a Laclau y su mirada sobre el populismo, el kirchnerismo ha revestido el concepto de un sentido positivo: todo poder busca ser hegemónico, se sostiene, para articular demandas diferentes y construir una base de apoyo sólido. La noción proviene de una acepción corriente en el mundo académico, que identifica la hegemonía con la formulación del pensador italiano Antonio Gramsci, según la cual el poder hegemónico se impone y mantiene su dominación más por convencimiento y consenso -influyendo en las ideas y el sentido común- que por coerción.
Vale hacer la diferencia, porque la hegemonía tiene también, a veces, una connotación negativa que la identifica con manipulación, autoritarismo y opresión de voces disidentes. De hecho, ya en los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner la oposición empezó a cuestionar lo que consideraba un afán hegemónico desmedido del entonces presidente, en los que leía un anticipo de desbordes autoritarios.
Consciente de esas posibles derivaciones del concepto de hegemonía, el politólogo Guillermo O'Donnell llama a tomar el tema con prudencia. "De ninguna manera se puede hablar de hegemonía. La hegemonía implica el pleno dominio de las ideas de los demás. Hay una fuerte ofensiva del kirchnerismo para tratar de difundir su visión de la Argentina con una intensidad notable y preocupante, pero eso no es hegemónico. Es exagerado y peligroso calificarlo así", sostiene.
Y el sociólogo Horacio González también marca diferencia: "No me parece que hoy en la Argentina se pueda hablar de hegemonía, que supone algo oscuro. La discusión social hoy es activa y atraviesa todos los sectores. Todas las corrientes culturales trabajan y no hay una historia oficial. La lucha por el sentido común es el sinónimo de la vida política. Es genuino que un gobierno lance temas al debate en el espacio público", sintetiza el director de la Biblioteca Nacional.
Por eso la pregunta aquí y ahora no es la que apunta a una supuesta vocación hegemónica del ejercicio del poder (en el sentido del autoritarismo), sino más bien esta otra: ¿decidió el kirchnerismo apostar deliberadamente todas sus fichas a "reformatear" el modo en que interpretamos la realidad?
"Más que de hegemonía kirchnerista convendría hablar de una crisis de la cultura hegemónica de los años 90. Está en cuestión la autonomía de la política democrática frente a los factores de poder que condicionaron y hasta impusieron rumbos políticos en el país", sostiene Edgardo Mocca, politólogo, profesor en la carrera de Ciencia Política de la UBA y director de la revista Umbrales de América del Sur . "La disputa hegemónica está en pleno desarrollo y el resultado de octubre será un mojón decisivo", dice.
Precisamente, ese punto -qué potencial de convencimiento podría tener la estrategia de influir en el sentido común- también abre un abanico de opiniones divergentes. "El gobierno tiene una vocación hegemónica, le gustaría un grado de control del Estado y de la prensa, y más influencia en las formas de pensar de sectores de la sociedad", apunta el sociólogo y analista político Manuel Mora y Araujo. "Pero no creo que lo estén concretando porque hay diversidad de formas de expresión, medios y productos culturales", subraya.
También el historiador y sociólogo Marcos Novaro cree que la hegemonía cultural kirchnerista tiene pocas posibilidades de arraigo en las creencias de los argentinos. "Podría instalarse si el gobierno tuviera el mismo enfoque integrador de sus primeros tiempos. El kirchnerismo llegó al poder muy atento a demandas de distintas tradiciones, pero eso terminó siendo muy poco efectivo para reinventar el peronismo o para hacer una gran coalición justicialista y progresista, porque era un proyecto de absorción, que pretendía fagocitar tradiciones en vez de articularlas", dice. "A partir de allí, el proyecto cultural se empobreció. Se quedó con lo propio de la infancia del kirchnerismo: un pensamiento nacional populista. Hay un desajuste entre lo que creen que les da éxito y lo que en realidad les da éxito, lo que limita las posibilidades de incidir en el sentido común y explica el tono autocelebratorio y dirigido al público ya convencido", describe. Novaro es uno de los organizadores del seminario que el martes 26 de este mes reunirá en el Centro de Investigaciones Políticas a sociólogos y analistas políticos y de la cultura para discutir si existe una hegemonía kirchnerista.
Otros analistas creen que la influencia kirchnerista en las creencias sobre el mundo es efectiva y más profunda de lo que puede medir una encuesta de intención de voto.
"No creo que haya hegemonía cultural, pero sí una mayoría ideológicamente más consolidada que hace cinco años. Además de la recuperación económica y del impacto de ciertas políticas públicas, como la Asignación Universal por Hijo, hay un nivel de satisfacción simbólica que está solidificando el apoyo al Gobierno", opina el analista político y consultor Carlos Fara.
Tiene frente a sí los resultados de una medición que realizó su consultora, en diciembre y marzo pasados, del nivel de acuerdo de la población porteña y del GBA con 11 enunciados del "relato" oficialista. En ellos, el 70% cree que "la política de Derechos Humanos es fundamental para esclarecer los crímenes de los 70"; el 60% piensa que "ahora, en la Argentina hay más industrias que en los 90"; para un porcentaje igual, "los medios actúan como partidos políticos", y para el 56%, "ahora hay un gobierno que se ocupa de los que menos tienen". Lo notable, lee Fara, es que los porcentajes de adhesión en casi todos los enunciados son altos también en quienes se dicen votantes de la oposición. Por ejemplo, el 55% de los votantes de Carrió y el 46% de los de Macri afirman que los medios actúan como partidos políticos.
"Con la multiplicación de grupos oficialistas, y también en las redes sociales, la gente empezó a manifestar abiertamente la adhesión al Gobierno. Hoy, entre el 27 y 29% de la población de Capital y GBA dice mirar sistemáticamente "6,7,8". Creo que mucha gente dice que lo ve porque adhiere a esa lógica de debate", afirma Fara.
El apoyo simbólico no sólo se alimenta de la identificación con ciertas premisas ideológicas, sino que tiene bases bien materiales. "Hoy hay un consenso que se manifiesta en el acuerdo con ciertas afirmaciones y que es tanto un fenómeno cultural como un efecto de la posibilidad de consumo", apunta Eduardo Fidanza, sociólogo y director de Poliarquía Consultores. "El kirchnerismo ha construido un relato estigmatizante de la economía privada y contra los medios. Desde su posición concentrada, tiene la pretensión de representar los intereses del Estado y entonces los de toda la sociedad", dice.
Reconquistar a la opinión pública¿Qué diferencia al relato kirchnerista del que pudieron haber tenido otros gobiernos desde 1983? Según explican los analistas, tanto el relato alfonsinista como el que construyó el menemismo fueron influyentes en el inicio de sus presidencias, pero se fueron desdibujando junto con sus gobiernos. "Lo llamativo del kirchnerismo es que su relato se solidificó entre 5 y 6 años después de que el proyecto empezara", dice Fara. "Es el primer gobierno desde 1983 que se recupera de la caída en la opinión pública".
Lo ha hecho varias veces, en rigor. Primero, al remontar la baja popularidad con la que llegó al poder, en 2003. Luego, después de la crisis del campo, en 2008, que apareció como un punto de inflexión, en el cual el kirchnerismo sintió la necesidad imperiosa de salir a convencer, identificar adversarios y amigos, y completar el liderazgo de Néstor y Cristina con la multiplicación de "evangelistas del relato", como dice Fara, que hoy pueblan las redes sociales, organizan actos y ocupan cargos públicos.
"La crisis del campo los desorientó y les dio una actitud defensiva, paranoica y cerrada. El kirchnerismo involucionó: la incapacidad de dialogar y articular consensos es un karma que llevan", analiza Novaro. Un ejemplo estaría, dice, en la política de Derechos Humanos, utilizada por el gobierno más para diferenciarse que para crear una bandera colectiva. "Al decir 'los Derechos Humanos son nuestros' aprovechan la legitimidad del tema para pelearse con otros", afirma Novaro.
La última reconquista de la opinión pública se encaró después de la derrota electoral de 2009, y fue sorpresivamente impulsada por la muerte de Néstor Kirchner. Para quienes están cerca del oficialismo, el repunte se explica también por factores externos al país. "La recuperación de apoyos que hoy se manifiesta es inseparable de una disputa cultural con los principales medios de comunicación del país y con la puesta en circulación de una narrativa alternativa que tuvo un punto de inflexión en la celebración del Bicentenario", apunta Mocca. "Se ha puesto en marcha una amplia coalición sociopolítica que incluye a trabajadores, sectores del empresariado nacional, de la cultura y la intelectualidad que sostiene un proyecto que está en sintonía con procesos análogos en la región. La lucha por la hegemonía político-cultural en nuestro país está conectada con una disputa de esta misma índole en todo el mundo", afirma.
Novaro disiente. "El kirchnerismo entiende mal su propio éxito. Es porque la gente olvidó a Néstor Kirchner que Cristina tiene popularidad. Eso, y la posibilidad del consumo. Son elementos coyunturales. Podrán seguir gobernando pero no formar sentido común", dice.
Como saben bien los profesionales de las encuestas, que la gente exprese opiniones favorables por una figura política no quiere decir que le dedique un apoyo militante o que termine poniendo en la urna una boleta con su nombre.
"Ni Néstor tuvo ni Cristina tiene la hegemonía del voto. En ninguna elección superaron el 50%. Ahora, la estrategia de Cristina para tener votos es sumar por todos lados más que convencer a la gente de principios ideológicos. Puede tener votos en octubre, pero no porque haya persuadido a la gente de que cambie su manera de pensar", afirma Mora y Araujo.
En este marco, un asesor de los precandidatos opositores podría sugerirles que empiecen a construir su propio discurso sobre el mundo. "Hoy hay un solo relato. Lo que hace la oposición es comentar el relato del gobierno, pero no tiene un relato propio. Es difícil convertirse en protagonista cuando lo único que se tiene para decir es 'no' al relato del otro", advierte Fara. Para todos, el riesgo es olvidar que, como también señaló Sarlo, una hegemonía cultural está hecha de creencias, pero necesita raíces en la vida concreta.
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